Seréis como dioses

Todo tiene un límite: las instituciones, la honestidad y la paciencia. El proceso de renovación del CGPJ ha puesto a prueba todas esas cosas y ha rebasado todos los límites que las contienen o, al menos, que hacían soportable para un juez honesto asumir determinados compromisos políticos en defensa de un bien superior y común: que las cosas funcionen de manera razonable. Ahora, después de todo lo que hemos vivido en las últimas semanas, ya se sabe, “jugada maestra y control por detrás”, nada puede justificarse. El límite de las instituciones, de la honestidad y de la paciencia tiene un denominador común: no negarse a sí mismas. Sencillamente, el proceso de renovación del CGPJ, dirigido para la satisfacción de los intereses de los partidos políticos según nos han descrito sus portavoces con toda crudeza, ya no puede ser un mal necesario para el sistema judicial español, porque en las últimas horas se ha convertido en su peor enfermedad. Y la situación es tan grave que la sepsis contamina el desempeño de la función jurisdiccional de quienes están llamados a resolver el proceso más determinante para el presente y el futuro de la democracia en nuestro país, para su propia integridad territorial y para su supervivencia como nación: el proceso del procés.

Cuando se decía que nuestra sociedad era heredera de la tradición grecolatina matizada por el cristianismo, se quería decir una sola cosa: que nuestro punto de partida era un acervo moral suficiente que nos permitía distinguir entre lo que es bueno y lo que es malo.  Eso nos hacía capaces de elegir después responsablemente. Porque ese era en lo fundamental el blasón de toda nuestra herencia cultural: una ética milenaria que enseña que hay cosas justas y otras injustas, que las primeras son las que permiten construir sociedades pacíficas y prósperas, mientras que las segundas solo conducen a la decadencia o, peor aún, a la demolición de lo que un día construimos entre todos. Lo importante es que, al menos hasta este momento de nuestra historia, conservábamos la capacidad de conocer esas cosas, distinguirlas y optar por unas o por otras, pero haciéndolo al menos de manera consciente. ¿Por qué entonces nos hemos empecinado durante los últimos años en elegir tan rematadamente mal, sin querer asumir el desgaste institucional de cada una de nuestras decisiones y hasta el punto en que parece que la miseria institucional que habitamos es irreversible?

Ninguna de las asociaciones judiciales que participan del proceso de renovación del CGPJ ha resuelto ofrecer, hasta el momento, valoración alguna sobre esta situación. Su silencio es clamoroso. Yo creo que tenían una de cuatro opciones. La primera, muy dura, retirar a sus candidatos y forzar una situación de bloqueo para el proceso de elección, promoviendo la inmediata revisión por el TC de cualquier decisión distinta de la reforma de la LOPJ que los poderes ejecutivo y legislativo osaran desarrollar para proseguir con ese proceso de renovación. La segunda, que la mayor parte de los jueces moderados hubiéramos aceptado, mantener el proceso de renovación del CGPJ, apelando a un último resquicio de responsabilidad institucional, pero exhibiendo un firme compromiso de independencia de nuestros candidatos, que rechazarían la influencia de los partidos en el desempeño de su cargo, comenzado por la designación autónoma de un presidente del TS y exigiendo la inmediata dimisión del portavoz popular en el Senado. La tercera, hipócrita, de hozar como los cerdos en el barro de los eufemismos, para exhibir de manera desleal ese mismo compromiso anterior, sin la más mínima voluntad de cumplirlo. La cuarta, esa por la que han optado finalmente, que solo supone permanecer en silencio, sin responder a interpelación de ningún género, exhibiendo eso sí su tacticismo.

¿Cómo se corrompe a un juez? En una democracia occidental como la nuestra, a los jueces no se les corrompe, es un esfuerzo inaccesible salvo en contadas excepciones que rozan lo patológico. Podemos estar seguros de eso. Pero a un juez sí se le puede seducir, de la misma manera que se puede seducir a cualquier otro hombre o mujer: excitando sus ambiciones más íntimas, que en el caso de los jueces, como en tantas otras partes, van ligadas a la promesa de una mayor proyección profesional, reconocimiento, vanidad o concentración de poder. Seréis como dioses. Nada de eso convierte las decisiones del juez en algo desviado, todavía es posible que el juez seducido se conduzca rectamente: lo que ocurre es que su posición ya es ilegítima, porque nunca habría ostentado esas prerrogativas sin haber cedido primero a la seducción. El actual proceso de renovación del CGPJ expulsa el talento, porque el talento va ligado al espíritu crítico y el espíritu crítico va ligado a su vez a la independencia de decisión.

No seamos hipócritas. En España la consolidación de la democracia ha partido de situaciones como la que ahora nos escandaliza. Y sigue siendo necesario, también para los jueces, aprender a convivir con las maneras del poder político. La pregunta es si este estado de cosas, el mismo que nos ha sido útil en el pasado, sigue sirviendo a los mismos intereses generales que pudieron haber justificado la conservación de este tipo de conductas. La respuesta es que no. Esto ya no sirve. Esto no solo no hace bien, hace daño. Por eso nuestro país avanza hacia el colapso moral, político y económico, mientras aumenta alarmantemente la desafección de sus ciudadanos hacia sus instituciones y emergen nuevos populismos de todos los signos, que ya están vivamente presentes también en la judicatura.

No hay ninguna receta mágica para revertir esta situación: solo la decisión por recuperar lo mejor que hemos sido tratando de avanzar desde la necesidad de reencontrarnos con algunas virtudes fundamentales para ordenar la vida en sociedad, aceptando los fracasos y disculpándonos por ellos. También los jueces deben hacerlo. Por eso debe decirse que el proceso de renovación del CGPJ ha sido un completo fracaso y que la mayoría de los jueces españoles asistimos con estupor y bochorno a este espectáculo. Y que necesitamos pedir perdón por todo esto. Insisto: las razones que nos hubieran llevado a buscar una cooperación con los principales partidos políticos, a través de listas de candidatos preparados y honestos, no evitan la dureza del juicio anterior. Se han resquebrajado los cimientos del proceso de renovación y eso ya no tiene solución. Es necesario afrontar otro proceso y es necesario hacerlo de manera inmediata.

Para Luis.

(Imagen, EFE)

Comentarios

  1. Magnífica reflexión. Describe con una particular honradez intelectual hasta dónde hemos llegado . Una descarnada descripción de un fracaso institucional pero también personal de todos los que por diferentes razones han (hemos) mirado a otro lado o, simplemente, han (hemos) presenciado inermes el derrumbe. A la vista y paciencia, fuente también de imputación y de responsabilidad…
    Gracias por la reflexión y también por dedicarla a Luis Rodríguez. El juez digno en la ciudad de los hombres y mujeres libres.

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