No son héroes

El desenlace es incierto y, cuando todo esto pase, solo espero que nunca recordemos como héroes a los jueces y fiscales que prestan sus servicios en Cataluña o, en menor medida, a los que participan de los distintos procesos en los que se investiga el intento de secesión unilateral de Cataluña. Porque no son héroes y porque a nadie conviene que lo sean.

El pasado viernes un magistrado culminó una parte de la investigación que ha desarrollado durante los últimos meses. Lo hizo despachando los trámites de carácter ordinario que la ley procesal que rige esa investigación dispone para ese momento. Pese a la dimensión pública de lo que allí resolvió -que, en cualquier caso, guarda coherencia con los estadios anteriores de ese proceso- nada tuvo carácter excepcional: adoptó decisiones debidas para ese instante, comunicadas a quienes afectan tras el respeto escrupuloso de las reglas de defensa y contradicción que les asistían, plasmadas en resoluciones largamente motivadas y, por fin, susceptibles de recurso para su revisión posterior por otros jueces. También acordó que otras personas afectadas por esa investigación, en abierta situación de evasión de la acción de la justicia y de la única legalidad que la sostiene, fueran puestas a disposición de la autoridad judicial. Todo valiéndose de las relaciones de cooperación comunitaria y de los mecanismos que definen el espacio europeo de libertad y seguridad personales. Unas y otras cosas suceden todos los días ante los juzgados de España.

No puede ser un héroe quien, hasta ahora, solo se ha dedicado a servir su destino profesional de la única manera en que es deseable -y exigible- que así lo haga: sin otros compromisos que la satisfacción de sus deberes más elementales. Eso mismo es lo que hacen a diario los jueces y fiscales catalanes. Podemos estar convencidos de que no buscan el protagonismo que les conceden.

Sin embargo, durante los últimos meses y, especialmente, desde el pasado viernes, la atención de la clase política y de los medios de comunicación se ha ocupado de ahondar en la dimensión personal de algunos jueces. Han indagado entre los recovecos de su vida pública para intuir las facetas de su vida privada y la han expuesto contra la avidez de las masas. De su trayectoria profesional se han pretendido extraer todas las sugerencias posibles sobre su posicionamiento o motivaciones. Se ha escarbado igualmente sobre su arraigo familiar en Cataluña. Todas sus circunstancias. Y no se ha hecho con el propósito, menos culpable, nunca inocente, de satisfacer ese voraz interés del público, incluso sabiendo que ha sido empujado durante los últimos años hasta los límites de toda contención emocional, sino para presentarles, mucho peor aún, como héroes o villanos, según el caso.

De lo anterior me preocupan especialmente dos cosas. La primera, la actitud de los dirigentes políticos. Es una preocupación más inmediata y útil, creo, que la de exasperarse frente a las maneras de los medios de comunicación, máxime si de considerar el derrotero de los medios de comunicación públicos dependientes de la Generalitat de Catalunya se trata. Porque la conducta de los políticos tiene una explicación, ojalá un remedio, más sencillo y causal respecto de todo lo demás.

Yo creo que el Gobierno de España debe dejar de esconderse tras las togas de los jueces, para hacer uso de las facultades que le confiere la actual intervención de la autonomía catalana, según el consenso con el que le fue confiada, de modo que desarrolle el cometido político en Cataluña que solo a él le incumbe prestar. La recuperación del autogobierno de Cataluña no depende del resultado de ninguna de las investigaciones penales que se siguen contra los autores del intento de secesión unilateral que fue el procés. Y, en menor medida, la reconciliación de los catalanes depende del resultado de esas investigaciones. ¿Dónde están las virtudes del discurso político español frente a la tristeza de estos días? También los políticos partidarios de la independencia unilateral de Cataluña deben asumir, con coraje, las inevitables consecuencias de sus actos, sin tomar rehenes entre una muchedumbre que poco entiende cuando nada cierto se le explica, para instrumentalizarla a su antojo y arrojarla contra las instituciones, entre otras cosas porque acabará por escapar de su propio control.

Se insiste en que el problema de Cataluña es político y seguramente así lo sea. No abundaré más aquí en juicios de desvalor respecto del origen de ese problema, porque en Barcelona las palabras han quedado ya desgastadas y vacías de tanto emplearlas contra el adversario. Pero nada de lo que investiga ningún juez tiene, en esos procesos penales y para esos procesos penales y según los únicos instrumentos posibles para resolverlos, una dimensión o significación política: se imputa la comisión de delitos de rebelión, sedición, malversación y desobediencia. El problema de Cataluña será político, pero el trabajo de los jueces y fiscales es de otra naturaleza. Lo explicaba bien una fiscal hace unos días: cuando trabajan los jueces y fiscales, que se callen los políticos.

La segunda de mis preocupaciones tiene que ver con el saldo inevitable de toda esa operación: unos cometerán el exceso de representar a algunos jueces como vengadores de la Patria, otros los degradarán -y perseguirán- como incendiarios de Cataluña. Poco se habla de los primeros en estos días: de esos mejor esconderse. Bien puede hacerse en el bosque que ya va crecido de la vergüenza de quienes nos sabemos próximos al abandono de esos que votan a bríos para no dejarnos nunca solos.

España responde al desafío secesionista a través de sus instituciones, pero lo hace de manera parcial. Los jueces y fiscales están en el sitio donde razonablemente cabía esperar que estuvieran. Es posible que alguno de sus puntos de vista sea sometido a la crítica, que por sí sola nunca mermaría su independencia, incluso que pueda ser totalmente refutado por una instancia superior. Eso también pasa todos los días en este negocio, entre otras cosas porque si el derecho es una ciencia, solo lo es en un sentido “social”. ¿Pero dónde están quienes nos han traído hasta aquí?

Temo, en fin, que esta situación persista en el tiempo. Que los jueces y fiscales sigan siendo utilizados a modo de marca renombrada. Que el derecho y su labor cedan ante el relato de personajes construidos de forma artificial y oportunista. Que eso afecte a su vida personal y a la de sus familiares: que siga siendo necesario que la Unión Internacional de Magistrados, el CGPJ o el Claustro de la Escuela Judicial nos recuerden lo más elemental para tratar de preservar, quien sabe si de forma vana, la indemnidad de algunos hogares. Y temo, también, que a resultas de toda esta situación y de forma irremisible, el silencio de unos y la perversa retórica de los otros empuje a una parte de la sociedad catalana definitivamente hacia el abismo de la locura, de modo que, para ese momento, los miembros del Poder Judicial en Cataluña seamos la encarnación del más cruel enemigo de un ensoñado y enfermizo imaginario popular.

Bien ha de cuidarse cualquier español del trato que España reserva a sus héroes. Yo no he querido mencionar aquí siquiera el nombre de ese magistrado al que se le conceden hoy todos los titulares. Que los jueces y los fiscales no sean héroes y así tampoco serán villanos. Para que su vida de catalanes no quede hecha jirones y cubierta de polvo, para el desecho de los márgenes del camino, donde se acumula la porquería, donde acaba todo lo que se desprecia cuando ya no sirve para nada. Para que no prueben una daga de hueso, rematada en su empuñadura con una calavera hecha de obstinación, ignorancia, intransigencia, delirio e ira, que silabeará burlona que aquí han de verse siempre en tierra extraña. Para que nadie les utilice con el propósito de ocultar su desafecto ideario y su incompetencia, que son el fermento que explica su silencio imperturbable, que tanta angustia causa. Para que ningún prisionero de odios viejos crea que los jueces y fiscales catalanes son la excrecencia plúmbea que ha de purificar, para su cuerpo nacional y místico, un escarpelo milenario e implacable, su santo brazo.

(Imagen: Giotto, “El beso de judas”, Capilla Scrovegni, Padua)

Comentarios

  1. Coincido con que “no puede ser un héroe quien, hasta ahora, solo se ha dedicado a servir su destino profesional de la única manera en que es deseable”. Sin embargo, el total abandono de cualquier atisbo de profesionalidad en la interpretación de los tipos penales de la sedición y la rebelión en beneficio de una determinada ideología política es un acto de sacrificio que sin duda los convertirá en héroes, al menos a ojos de algunos.

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