La prudencia del juez

Laia Aubareda Dalmau

Juez

Un día de no-cuarentena paseaban cogidos de la mano Bárbara con su marido Juan y su hijo Oriol, por el paseo marítimo de Barcelona. Juan, mirando a su hijo con cariño, se preguntaba y se imaginaba cuál sería su futuro. 

–Bueno hijo dime, y tú, ¿qué quieres ser de mayor? – le preguntó mirándolo de reojo. 

–¡Qué preguntas! Es obvio que será abogado – contestó Bárbara, abogada de reconocido prestigio, antes de que pudiera contestar y en previsión de que su hijo continuase con el gran despacho de abogados que tanto le había costado forjar. 

Fue justo en ese momento cuando, ante el asombro de todos, el infante contestó: “a mí me gustaría ser Juez”. Estupefacta su madre ante esa respuesta le requirió para que le explicase por qué, pero él sólo pudo contestar, encogiendo los hombros, con un tímido y simple “no sé”. La madre, conocedora de que su hijo podría tener una imagen irrealista e idealista de la profesión le contestó: “Oriol, un juez no hace Justicia, simplemente escribe Jurisprudencia”. 

Y a partir de aquí es cuando llega el embrollo. Hay profesiones cuya función es altamente intuitiva, así un zapatero crea y repara zapatos o un relojero crea o repara relojes. En ese elenco de profesiones no se encuentra, por desgracia, la Judicatura. La madre de nuestra historia, abogada y conocedora del sector, es consciente de ello y por eso intenta desvincular a su hijo de la imagen platónica que la ciudadanía tiene del Juez, como un superhéroe de Marvel o de DC comics (no estoy pensando por ejemplo en la Liga de la Justicia), acercarle más a la realidad y aproximar la profesión a su significado real.

Jurisprudencia, del latín Ius-Prudentia, el Derecho y la Prudencia. 

El origen de “ius” no es claro aunque hay varias teorías que lo vinculan a lo divino. Júpiter (Iuppiter), también llamado Jove (Iovis), se habría encargado de ello.  La palabra latina Iuppiter (Júpiter) proviene de las raíces indoeuropeas dyu-, que significa “luz”, y piter, que hace referencia a pater, y que significa “padre”; es decir: El padre de la luz. En su contexto histórico la Luz es el símil perfecto para referirse a laVerdad, el conocimiento absoluto del que puede y sabe discernir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto y, así, la Judicatura iba de la mano del sacerdocio.

Gracias a Dios, la visión evolucionó y el Derecho desbancó a la Justicia. La raíz etimológica de Derecho (directum) se forma del prefijo “de” que pauta una dirección y, rectus, con raíz indoeuropeo “reg” y del que se derivan palabras tan importantes como vinculadas, por ejemplo, Rex-Lex (Rey-Ley: la Lex como la decisión del Rex).

El olvido del Ius y el protagonismo de la Lex descendió la norma a lo humano y acotó su significado a la regulación del individuo como masa por el soberano, sentido que ha llegado a nuestros días. 

Demos paso a la Prudencia.  

Aristóteles la desarrolla describiendo al hombre prudente. Entendía que eran los que razonaban adecuadamente. El ser capaz de deliberar sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo y para vivir bien en general. Según el autor, ni es arte ni es ciencia. No es ciencia porque no se puede deliberar sobre algo que es y se demuestra ni es arte porque tampoco es el resultado de un hacer. La prudencia por tanto es el camino. Deliberar, razonar y justificar. Estas son las palabras claves. No es importante el resultado sino la senda recorrida para alcanzarlo. Las resoluciones judiciales se legitiman por el razonamiento que contienen, sin este son otra cosa mas no Jurisprudencia.

Habiendo desgranado el concepto de Jurisprudencia podemos concluir que el Juez es quien cautelosamente aplica las normas dadas en sociedad. Más prudencia tendrían a la hora de acudir al sistema si se percatasen de que las leyes emanan del parlamento compuesto por políticos. 

Ni derecho divino, ni moralidad, ni ética, debería de existir en la imagen que se tiene de la profesión, así no existirían ni reproches ni disgustos ni desilusiones de los que acceden al sistema pensando que su pretensión se iluminará, como lo hacía antaño, por la luz del Olimpo.

El respeto a los órganos jurisdiccionales y a sus resoluciones no se obtendrá participando en programas de televisión en los que nos deslegitimamos entre nosotros sino en esclarecer nuestra función: “ser la boca muda que pronuncia las palabras de la ley” (Montesquieu). Harta estoy de ver cómo un miembro de la carrera Judicial, satisfaciendo su afán de protagonismo y su propio ego así como desbancando al órgano competente superior que es el único que debería hacerlo de ser necesario, critica la resolución de otro miembro debilitando no sólo a éste sino a la Judicatura en general. La crítica abre la veda a que todas las resoluciones se pongan en duda o se cuestionen, pero lo peor de todo es que luego nos extrañamos del nacimiento de movimientos que no respetan el imperio de la Ley. Si nosotros mismos no nos respetamos ¿quién lo va a hacer sino? ¿El cuarto poder? No me hagan reír. Pero, no me vaya a entender mal el lector, con esto no me refiero a qué no podamos manifestar nuestra opinión, sino que debemos de ser PRUDENTES y emitirla en un contexto académico, ilustrativo o educativo en el que, por supuesto, no exista resolución jurisdiccional previa. Para dar a conocer resoluciones Jurisdiccionales y su contenido de manera objetiva ya está el Gabinete de Prensa. 

Debemos de ser conscientes de que, vistos los tiempos que corren (mala redacción de las normas, modificaciones constantes, actitudes agresivas entre nosotros…), nos han repartido muy mala mano pero es con la que tenemos que salvar la partida e intentar, en la medida de lo posible, no ser nosotros mismos quienes des-empoderemos al Judicial. 

Por lo que respecta a personas como la protagonista de nuestra historia, darles las gracias por entender y dar a conocer que meramente interpretamos y aplicamos la norma y que, el agravio hacía nosotros en muchas ocasiones debería redirigirse hacía el legislador que, por cierto, lo elegimos entre todos cada cuatro años o ¿eran menos?

 

Y Julia retó a los dioses (portada) – Santiago Posteguillo

 

 

 

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