Decadencia y miedo

Antón Costas es el tipo más brillante al que he podido escuchar, hasta ahora, en la distancia corta de un mantel. Aquel día, todavía reciente, subía y bajaba, iba y venía, nos alcanzó y superó allí a todos con cada uno de sus giros, tendió algunas trampas, nos dejamos envolver con el abrazo amable de su conversación cálida y, por momentos, llegó a proponer algunas soluciones.

El ensayo acostumbra a resultar un género engañoso. Sobre todo, si se va de largura. Y es que, por más que se aborde el tema en cuestión de manera seria y fundada, por mucho que el autor se entregue al desarrollo de los argumentos, es difícil que este género sobreviva a las ideas u opiniones que le sirvan de sustento. Me explicaré. Si se trata de enseñar al lector, más allá del afán que pueda mover al autor por mostrarse en la praxis de un asunto espinoso, nada resultará nunca más aconsejable, pura metodología docente, que sintetizar esas ideas que dan razón al discurso, haciéndolas descender quizás en conclusiones nítidas y próximas al propio planteamiento de los casos, sin otros recreos. Cuántas veces entre nosotros la docencia anda sobrada de carisma y necesitada de ingenios y pautas concretas y breves.

La nueva piel del capitalismo (donde también le acompaña el Profesor Xosé Carlos Arias, Galaxia Gutenberg, 2016) se ha convertido en uno de mis libros de cabecera durante los últimos meses. Llegué hasta él siguiendo un orden cronólogico inverso, después de la lectura de su más reciente El final del desconcierto (Colección Atalaya, Planeta, 2017). Si he hecho de su compañía un prolapso y en esos lugares, a cualquiera resultará evidente que me he dado a picotearlo, hurtando algunos pasajes, inspeccionándolo en su conjunto y no de forma completa. Pero también regresando con frecuencia a los capítulos determinantes, aquella idea nuclear de la que hablé, sobre las profundas transformaciones de nuestra economía de mercado en las últimas décadas.

Ahí se constata que nuestros días son -al menos no son otra cosa de forma más intensa que esto que constituye la idea central del ensayo- los de una profunda crisis en el sistema político y económico que inspiró el orden que derivó de la pacificación de Europa, por contaminación de una primigenia crisis del modelo capitalista de especulación financiera, que previamente había logrado alienar, a esa concepción particularmente europea del modelo capitalista más general, de una parte esencial de las virtudes que le servían de contrapeso. Las virtudes se degradaron hasta la cosa plástica y vacua de los valores, cosa tan moderna como contingente. Luego, la degradación de esos valores nos llevó al empobrecimiento de una sociedad que dejó de contemplarse, ante la incapacidad de reconocerse en la imagen que proyectaba en el espejo. Narcisos oportunamente desmemoriados, para escapar del ridículo y necedad de su soledad y abandono. La creciente desigualdad social, la desconfianza en el modelo comunitario y el desvalor generalizado de las instituciones, por todas partes el nuevo auge de los localismos, las tensiones migratorias o el riesgo ecológico, son solo síntomas que, desde una mirada más amplia y pausada, permiten identificar nuestra crisis como una crisis epistémica: la de un modelo que llegó a darse por supuesto, que despreció la oportunidad de cuestionarse, de medirse con las virtudes que habían definido aquella idea de Europa. Decadencia.

Todas las propuestas son para una clase de humanismo, unas anidan en el corazón y otras en el estómago. Siempre se trata de indagar sobre las claves de nuestra existencia, de nuestra vida y la de los demás, de las cosas que son su contexto, para tratar de comprenderlas. Luego será una de tres salidas posibles. La primera, instalarse en la melancolía y el pesimismo. Esta vía suele producir el efecto ventajoso de proyectar en los demás una imagen acrecentada de la propia sensibilidad, inteligencia, reflexión y valía personales. La segunda, ubicarse en una posición de ventaja con respecto a los demás -las gentes, las pobres gentes- para obtener, de forma utilitarista y rala, un beneficio de cada una de ellas. Por fin la tercera, que es la salida de los caritativos. Solidarios en su acepción laica. El optimismo, para vencerse y actuar en defensa de todos los demás.

Para los optimistas como Costas y Arias, ante la gravedad de nuestra situación y dada la complejidad del escenario globalizado, no cabría sin embargo ceder al desaliento. Con un pragmático grado de confianza, un optimista tratará de acometer, quien sabe de qué manera fecunda, el esfuerzo ingente para la necesaria reformulación de nuestro sistema socioeconómico. Para lograrlo, exhibirá como indispensables un alto grado de compromiso cívico y la asunción, sin reservas y como propias, de las necesidades de los demás. Hará memoria, necesariamente lo hará o no será, del momento en que consentimos hacer traición a ese círculo de virtudes que permitieron construir esa nueva Europa, la que se nos ha hecho vieja de forma tan dolorosa e inesperada.

Abundo en mi expertise. En el espacio de frontera entre el derecho y la economía, es frecuente tropezarse con alguna de las conclusiones del Profesor Zingales, a propósito de cuáles son las tensiones que planean sobre la libertad individual, entendida como formulación o producto del mercado, en búsqueda del origen del crepúsculo del sistema. Costas y Arias también dan en ellas en algunos pasajes de su ensayo. Aquí traigo una de esas conclusiones (Capitalism after the crisis, National affairs, 2009):

“Most lobbying is pro-business, in the sense that it promotes the interests of existing businesses, not pro-market in the sense of fostering truly free and open competition. Open competition forces established firms to prove their competence again and again; strong successful market players therefore often use their muscle to restrict such competition, and to strengthen their positions. As a result, serious tensions emerge between a pro-market agenda and a pro-business one, though American capitalism has always managed this tension far better than most”.

Mercado y negocios. El fiel con el que medir la decadencia de nuestro modelo de economía capitalista, con la profunda degradación de todo lo que depende de él. La ausencia de garantías y contrapesos. La pérdida de lo social. ¿Pero quién es el mercado? ¿Por qué ese perenne ánimo de querer desplazar las responsabilidades individuales hacia entes abstractos, tan distantes como perversos? El mercado es la suma de cada una de nuestras decisiones individuales, las que nos han ido alejando de ese círculo de virtudes: generosidad, sobriedad, esfuerzo, responsabilidad, respeto, prudencia, alegría, compromiso, compasión, entusiasmo, paciencia, lealtad y justicia. No todos tenemos la misma capacidad de influencia, con nuestras decisiones, en la vida de los demás. Pero ahora -y siempre- nos toca volver a elegir para que, aún en un grado mínimo, esa decisión se proyecte sobre las decisiones de los demás.

Cuando uno convive con niños pequeños sabe bien que el miedo nace de la realidad de sus cosas, las que no quieren, no saben o no pueden aceptar, las que les duelen. Todo eso que ya cuesta soportar cuando se está despierto y que, después, penetra de forma grotesca y deformada a través de las galerías del sueño, donde ya no se puede escapar de ellas y solo quedan la oscuridad y el grito. El miedo es la oscura raíz del grito. Y el odio es su ejecución. Los otros grupos o colectivos, las minorías, perfecta diana. Por fin, la emoción, que difumina cualquier rastro último de conciencia crítica. La maldad de las masas acostumbra más bien a ser una compulsión, antes que la ejecución de un pérfido plan racional. Aunque a las masas se las puede conducir hasta el borde del precipicio. El ingeniero social, eso sí, corre el riesgo de verse arrastrado en su caída. ¿No es soprendente que todas estas máximas sirvan para explicar de forma fidedigna nuestra realidad social más inmediata?

Lamentablemente, no abandonaremos esta situación confiando en el sistema de normas que nos ha traído hasta aquí. Si hubo tiempo para eso, desde luego ya pasó. En menor medida puede confiarse en que esa salida sea espontánea o más o menos inmediata en el tiempo. Es necesario reinventar algunas de nuestras cosas en común. Para eso sirve el derecho y deben servir los jueces. Pero primero deberemos recomponer, delimitar de forma precisa, el objetivo de nuestras normas de convivencia. Hemos de reencontrarnos con las virtudes. Desde su preocupación por el mundo y la cuestión ecológica -que hace claramente económica y social y así hemos de leerle-, Francisco (Laudato Si, Carta encíclica dada en Roma el 24 de mayo de 2015), resume el obstáculo de esta manera:

“El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras. Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecno-económico terminen arrasando no solo con la política sino también con la libertad y la justicia”.

Desde niño, no sé por qué rasgo infantil, desarrollé una profunda impresión de terror hacia las serpientes. Recuerdo milimétricamente y con pavor todos los episodios -cuatro hasta ahora- en los que me he tropezado con uno de esos reptiles. Si sufro alguna pesadilla, no es de extrañar que sus imágenes o su sola memoria paseen por allí. Las serpientes evocan al Maligno Enemigo y a la peor naturaleza de lo que somos. Los Profesores Costas y Arias escogieron, para la portada de su ensayo, el dibujo de una serpiente, colorida y seductora, sinuosa y silabeante.

Foto: “Serpientes listas para la venta en Kertasura”, National Geographic España, dic. 2015.

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