Discurso de apertura de las VI Jornadas de unificación de criterios del Tribunal Superior de Justicia de La Rioja

José María Macías Castaño

Vocal del CGPJ, magistrado en excedencia y abogado

Javier, querido Presidente del TSJ de La Rioja.

Apreciada Directora General del Justicia e Interior del Gobierno de La Rioja.

Santiago, querido Fiscal Superior del TSJ de La Rioja.

María José, querida Secretaria de Gobierno del TSJ de La Rioja.

Y me permitirán los demás asistentes que los salude de manera general para no eternizar el acto con saludos individuales, así que, demás autoridades, señoras y señores.

Doy inicio a este acto de apertura de las jornadas de unificación de criterios del TSJ de La Rioja agradeciendo a su Presidente la amable invitación que me ha dirigido para participar en ellas. Ya es la sexta ocasión en la que se convocan y he tenido la satisfacción de tomar parte en todas ellas, aunque esta vez la invitación ha incluido un cambio que me ha producido algo de intranquilidad: habitualmente, se me ha invitado a clausurar las jornadas y hoy, sin embargo, he sido invitado para inaugurarlas.

Digo que el cambio me ha producido algo de intranquilidad porque Javier y yo hace muchos años que nos conocemos y sé que nunca da una puntada sin hilo. Me he preguntado por la razón del cambio y me he respondido aplicando, como hago siempre, el principio de parsimonia que enunció Guillermo de Ockham: cuando un problema es susceptible de soluciones diferentes, la más probable suele ser la más sencilla, y la explicación más sencilla para el cambio es que a nuestro Presidente no le ha gustado la forma en como clausuro las jornadas.

Lo entiendo. En las cinco ocasiones anteriores, en realidad, desde la primera edición, he agradecido la oportunidad que me proporcionaba la clausura de las jornadas para despedirme como vocal del CGPJ ante la inminencia de su renovación. Como digo, ya van cinco despedidas y eso ha provocado que, en los últimos tiempos, esas despedidas se hayan convertido en una costumbre esperada que se recibe con risas en absoluto disimuladas. Nuestro Presidente es una persona seria y creo que empieza a pensar que no guardo la solemnidad que merece el acto, así que, querido Javier, tomo nota… y aprovecho la ocasión para despedirme de todos en el marco incomparable del TSJ de La Rioja. Estoy seguro de que esta vez, como siempre, esta despedida será la última.

Inaugurar unas jornadas no es tan sencillo como clausurarlas. En nuestro caso, las jornadas han sido siempre un éxito y glosar ese éxito en la clausura ha resultado muy sencillo: antes de mi intervención, un relator lee el resumen de las conclusiones de las distintas mesas de trabajo, con esa lectura se hacen evidentes tanto el acierto de la convocatoria de las jornadas como la labor que se ha desarrollado en ellas y yo puedo limitarme a poner de manifiesto lo obvio.

Antes de que se celebren las jornadas es muy difícil felicitarse por su éxito. Intuyo que lo tendrán, pero en realidad no lo sé ni puedo anticipar la felicitación. Eso, sin embargo, no me impide valorar su importancia, porque en todo caso la tienen, y para expresar las razones de tanta seguridad en su importancia voy a permitirme leer unas pocas líneas que explican lo que digo. Son parte del alegato final de un abogado en un juicio de jurado, pronunciadas hace ya bastantes años.

Para entender ese alegato, que utiliza un lenguaje que en nuestros tiempos de lo políticamente correcto puede ser un tanto desconcertante, es muy conveniente tener en cuenta un poco de contexto: el juicio se celebró en una localidad del sur de los Estados Unidos de América, en Maycomb, ese juicio tuvo lugar en los años treinta del siglo pasado y el defendido del abogado era, nada más y nada menos, un hombre de raza negra acusado de violar a una muchacha blanca.

El alegato que el abogado dirigió al jurado concluía así:

“Una cosa más, caballeros, antes de terminar. Thomas Jefferson dijo en una ocasión que todos los hombres son creados iguales, una frase que a los yanquis y al lado femenino de la rama ejecutiva en Washington les gusta lanzarnos. En este año de gracia de 1935, ciertas personas tienden a utilizar esta frase fuera de contexto, para aplicarla a todas las situaciones. El ejemplo más ridículo que se me ocurre es que las personas que dirigen la educación pública apoyan de la misma manera a los estúpidos y los vagos que a los trabajadores; como todos los hombres son creados iguales, nos dirán solemnemente, los niños que se quedan atrás sufren terribles complejos de inferioridad. Sabemos que todos los hombres no son creados iguales en el sentido que ciertas personas quieren hacernos creer: algunas personas son más inteligentes que otras, algunas personas tienen más oportunidades porque nacieron con ellas, algunos hombres ganan más dinero que otros, algunas mujeres hacen mejores pasteles que otras, algunas personas nacen con talentos que sobrepasan a los que posee la mayoría.

Pero hay algo en este país ante lo que todos los hombres son creados iguales, una institución humana que hace que un pobre sea igual que un Rockefeller, que el estúpido sea igual que un Einstein y el ignorante igual que cualquier director universitario. Esa institución, caballeros, es un tribunal. Puede ser el Tribunal Supremo de los Estados Unidos o el tribunal más humilde que haya en la tierra, o este honorable tribunal del que hoy forman parte. Nuestros tribunales tienen sus fallos, como los tiene cualquier institución humana, pero en este país nuestros tribunales son los más grandes niveladores, y en nuestros tribunales todos los hombres son creados iguales”.

Este alegato es ficticio y nunca se pronunció. El juicio también es ficticio y lo es igualmente el abogado, aunque tiene nombre: Atticus Finch.

Atticus es el personaje de una entrañable novela escrita por Harper Lee, una joya de la literatura estadounidense de los años cincuenta del siglo XX, cuando el movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos comenzaba a tomar forma. En la novela, Atticus da una lección de vida a sus dos hijos, un chiquillo y una chiquilla, una lección que da título a la novela: matar a un ruiseñor es el peor pecado que cabe imaginar.

Los ruiseñores no arrasan cosechas. Los ruiseñores no transmiten enfermedades. Los ruiseñores no atacan a las personas. La única razón de ser de los ruiseñores es proporcionarnos su canto. Sólo existen para hacer que nuestro paso por la vida sea más placentero. Sólo existen para compartir su belleza y por eso matar a un ruiseñor es siempre un acto malvado, es un pecado imperdonable.

Cuando acaba la novela, hay que decidir quién es el ruiseñor. Puede que los sea Tom Robinson, un pobre negro tullido que nunca le hizo daño a nadie y que sufre una terrible injusticia que le acaba llevando a la muerte.

Quizás el ruiseñor lo sea la inocencia destruida de un niño, Jem Finch, el hijo de Atticus, que asiste al juicio y que vive con impotencia cómo el acusado es injustamente condenado.

Yo creo que el ruiseñor lo es la propia justicia, que sólo existe para hacernos a todos iguales y libres y que un jurado la mancilla de la peor manera posible: afirmando actuar en su nombre.

Estoy convencido de que las palabras de Atticus están de plena actualidad. Mancillar la justicia, matar a un ruiseñor, es un pecado imperdonable. Por eso reivindico hoy esas palabras y afirmo que es necesario estar alerta frente a los ataques que puede sufrir la justicia, que pueden presentarse y disimularse detrás de muchas caretas.

A la justicia se la mancilla, y es sólo una hipótesis, cuando por interés personal se aprueban leyes que hacen que no todos seamos iguales ante la ley y los tribunales; que las sentencias que han dictado esos tribunales no se cumplan; que los criminales que han intentado destruir la paz de una nación no sean responsables de sus actos y que incluso seamos los demás los que tengamos que pedir perdón por ser víctimas de sus crímenes.

A la justicia se la mancilla, y vuelve a ser una hipótesis, cuando con esas mismas leyes, y por el mismo interés personal, se impide que los presuntos criminales  respondan de sus crímenes ante los tribunales y que volvamos a ser las víctimas de esos crímenes los que tengamos que pedir perdón por que esos presuntos criminales se hayan ocultado y eludido la acción de los tribunales.

Son sólo hipótesis, pero yo sigo afirmando que no hay peor pecado que mancillar la justicia. No hay peor pecado que matar un ruiseñor y por eso es imperdonable.

Siento una profunda satisfacción por compartir esta jornada con todos vosotros y más aún el orgullo por mi amistad con Javier, nuestro Presidente, que con estas jornadas reivindica el valor de la justicia que nos hace iguales a todos y en el que estamos obligados a insistir todos los hombre y mujeres que hemos dedicado nuestra vida a la justicia, igual que hizo Atticus en la novela de Harper Lee: no dejó de defender a un inocente, aunque lo sabía condenado antes de empezar el juicio; no dejó de pronunciar ante un jurado lo que necesariamente debía ser dicho, aunque no fuese escuchado; y no dejó de defender la justicia ante su hijo, pese a que compartía su frustración y sabía que su inocencia herida no podría recuperarse jamás.

Hoy estamos en La Rioja, un pequeño territorio, una gran tierra, cuyos monasterios conservan los primeros vestigios de nuestra lengua común, que deja a su espalda Sierra Cantabria y que abre con sus interminables viñedos las puertas de Castilla. Y lo que hoy estamos haciendo aquí con unas jornadas de unificación de criterios es que los ciudadanos de este pequeño territorio, de esta bella y gran tierra, sean iguales ante la ley y los tribunales. Estamos reivindicando un valor que no puede ser mancillado sin cometer un pecado imperdonable.

Y con ello, vuelvo a donde empecé con este discurso, a agradecerte, Javier, la oportunidad de participar en este acto de reivindicación y, otra vez, de despedirme con sincero cariño de todos vosotros… por última vez.

Declaro inauguradas las jornadas de unificación de criterios que nos han traído a esta sede del TSJ de La Rioja.

Logroño, 24 de mayo de 2024.

(Fotograma de Matar a un ruiseñor, 1962, dirigida por Robert Mulligan)

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